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Tiempo de Trenes: Imaginario del Ferrocarril en Chile, 1860-1970

Patricio Cuevas

*Periodista, académico de la Universidad Diego Portales. Magíster en Opinión Pública Icso UDP y diplomado en Estudios de Cine de la Pontificia Universidad Católica de Chile

 

El viaje en tren y los álbumes de fotografía son dos cosas que en nuestro país, desde hace rato vienen en retirada. Los citamos a ambos en una feliz coincidencia, pues al hojear este libro, pulcro en su disposición, justo en su llamada de textos, nos permitimos echar a andar robustos recuerdos sobre los motivos y la importancia que tuvo alguna vez viajar en tren, cuestión que para casi la totalidad de las generaciones más jóvenes es solo un relato, solo una anécdota.

Lo concreto es que trasladarse de universo, cambiar la rutina por la excepción, viajar en tren hacia otro lugar que no fuese el de uno, era algo periódico e imborrable. Eso pasa al hojear libremente Tiempo de Trenes: Imaginario del Ferrocarril en Chile, 1860-1970, de Pablo Moraga Feliú: nos acordamos de inmediato que el tiempo del tren, las más de las veces, era un tiempo feliz.

La fotografía en blanco y negro, ese total absoluto, esa reproducción y repetición mecánica de lo que jamás volverá a repetirse en la existencia, como señalaba Barthes, es el eje de Tiempo de Trenes. El libro desata en el lector todo tipo de contradicciones, las que, además, son estimuladas con una pequeña reseña de la historia progresiva del desarrollo ferroviario chileno. Por otra parte, acusa el irremediable estancamiento y decadencia posterior del que debió ser, a buenas cuentas, el principal medio de transporte estratégico y característico del país.

En el texto aparece algo aún más único y fantasmagórico, a propósito de nuestra aprehensión patrimonial, la historia de un coloso del progreso que fue desapareciendo junto a un país completo que nunca más volvió. Los ferrocarriles chilenos —y esto habría que refrendarlo o compararlo con otras naciones—, antes de comenzar a morir, se estancaron en su desarrollo. A raíz de lo anterior, viajar en tren fue por muchos años también viajar al pasado, entrar a las décadas de gloria de manera mágica.

Entonces, este libro apaisado, compuesto en papel couché mate, se presenta como un álbum de recuerdos, ordenados a partir de las diversas colecciones a las que el autor echó mano. Se trata de una mezcla entre el material formal de momentos fundacionales, trágicos o perfectos, junto a registros cándidos.

La recopilación es un punto de partida para completar historias que llegaron anónimas a estas páginas; imágenes tomadas por fotógrafos que imaginamos a partir del valor de lo que eligen encuadrar y excluir. Eso al autor le parece suficiente. Por otra parte, de modo fragmentario, nos enteramos de que algunas de estas fotos provienen de revistas sindicales, con obreros impecables instalados en el techo, enganches, pasarelas y puertecillas de enormes locomotoras estacionadas en maestranzas, y que otras están realizadas en estudios, para retratar a los financistas, emprendedores y líderes de las tareas de avance. Pero las mejores, las que emocionan, tienen que ver con registros de sujetos inadvertidos haciendo uso del tren, sin que se den cuenta de la presencia del fotógrafo, que finalmente es el autor principal de este álbum lleno de historia.

En cuanto a la composición, el punto de fuga dibujado con rieles o arcos de túneles es un lugar común en muchas de estas fotografías, sobre todo cuando registramos el avance de la construcción de las vías en paisajes agrestes o si algún vagón barrenieve se abre paso por las montañas. Contrapunto natural es el encuadre de los edificios de las estaciones, cabinas de movilización y las nobles locomotoras. Estas últimas van acentuando el paso del tiempo, primero con el vapor, luego el impulso del diésel y finalmente el uso de trole o catenaria de las locomotoras eléctricas.

Los desastres naturales y accidentes son parte periódica de esta historia desordenada. Puentes curvados por las aguas, vuelcos de convoyes, líneas férreas inundadas o sumergiéndose en torrentes, labores de despeje de caminos invadidos por rocas y escombros. Allí se constata que Chile lidia desde siempre con una naturaleza viva, lugar común y antagónico del progreso.

Por todo lo anterior, el plano general es dominante y la profundidad de campo, nítida, diurna, contorneada como solo la emulsión análoga puede mantener luego de tantos años.

El apunte del factor humano, sin embargo, que no es evidente en esta colección de fotografías, da sentido y profundidad patrimonial a un medio de transporte que apenas respira hoy. Lo constata Moraga Feliú al referirse a cómo la gente terminó nombrando a los trenes que usaba para viajar y cómo estos se incorporaron al lenguaje popular: “el Expreso, el Rápido, el Flecha, el Nocturno, el Mixto, el Excursionista”.

Muy probablemente, al tenerlo entre manos se nos vaya una tarde entera observando esas fotos de principio a fin, volviendo sobre la marcha hacia las postales favoritas, las que despiertan más emoción o atención en cada uno de nosotros. También, más allá del relato común sobre el tren chileno, este libro llama la atención respecto del soporte de la fotografía, de lo que le pasa al alma cuando hojeamos o nos encontramos con un álbum en la era de la imagen inmaterial.

Tiempo de trenes. Imaginario del ferrocarril en Chile, 1860-1970

Autor: Pablo Moraga Feliú.
Ricaaventura, 2009
Tapa dura, 220 páginas, con más de 500 fotografías en blanco y negro, algunas de las cuales se pueden revisar en http://www.ricaaventura.cl/FlipPage/Tiempo-de-Trenes/Tiempo-de-Trenes.html#page/1