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La nueva provincia

Leonardo Sanhueza

*Ha publicado los libros de poesía Cortejo a la llovizna, Tres bóvedas, La ley de Snell y Colonos; el relato biográfico El hijo del presidente, la novela La edad del perro, la colección de crónicas Agua perra y el volumen Leseras, que reúne sus versiones de poemas breves de Catulo. Su trabajo literario ha sido reconocido con numerosos premios, entre ellos el Premio de la Academia Chilena de la Lengua, el Premio de la Crítica, el Premio Internacional Rafael Alberti, el Premio Pablo Neruda y, recientemente, el Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía.

La nueva provincia
Andrés Gallardo
Liberalia Ediciones, 2015, 190 páginas.

La muerte del lingüista, académico y escritor Andrés Gallardo, ocurrida en julio de 2016, fue muy sorpresiva y, a pesar de que él ya andaba en los 75 años, algo tuvo de precoz. En efecto, hacía sólo unos meses, después de casi tres décadas en que su nombre sólo había circulado de manera muy discreta, había comenzado para él una repentina oleada de reconocimiento. Sus libros La nueva provincia y Obituario, cuyas primeras y hasta hace poco únicas ediciones se remontaban a fines de los años ochenta,
fueron reeditados y muy bien recibidos, lo que puso al autor en una órbita de celebración pública que hasta entonces le había sido esquiva. Murió pues, por así decirlo, en la flor de su edad: apenas empezaba literariamente a renacer. Eso puede sonar a chiste de mal gusto, pero estoy seguro de que el propio Gallardo habría sonreído ahora, al verse como protagonista de una situación propia de su humor, que siempre le dio a su color negro un tono amable y cariñoso.

Ahora quiero concentrarme en la reedición de la novela La nueva provincia, que permitió, entre otras cosas, una revaloración de Gallardo en términos de su curiosísima originalidad, que quizás convendría llamar antioriginalidad, ya que se basa en una muy singular interpretación del criollismo. Publicada por
primera vez en México en 1987, la novela ha rejuvenecido, en parte gracias a las volteretas que entre tanto ha dado la literatura hispanoamericana. En Chile al menos, su época de aparición no podía serle menos propicia en cuanto a su recepción, justo ad portas de la operación editorial llamada “nueva narrativa chilena”. Para su tiempo, un libro como el de Gallardo estaba condenado a la trastienda de las curiosidades, cuando no al sótano pintoresco del conservadurismo literario. Afortunadamente, pronto ese espejismo noventero y nacionalista se trizó, o mejor dicho dejó ver cuán trizado había nacido, y autores como Roberto Bolaño, Ricardo Piglia o César Aira ampliaron la lectura de la tradición literaria latinoamericana en múltiples direcciones.

El argumento de La nueva provincia no puede ser más sencillo, pero en su sencillez se despliega una compleja trama de alcances históricos y sociales. A grosso modo, es una versión risueña y feliz de ese tipo de historias que Kurt Vonnegut, en su clasificación de todas las historias posibles, describió tan bien
como aquellas que “siempre van de mal en peor”. Sin embargo, la de Gallardo es una historia en que el absurdo se redime, contrariando el sentido común y haciendo de las escalas del fracaso una concatenación constructiva de cierta felicidad. Veamos. Gaspar Cifuentes, el protagonista, nunca jamás habría protagonizado historia alguna, ni mucho menos habría seguido la ruta de un héroe, si no hubiera sido por una casualidad que modificó de una vez y para siempre su destino. Las desastrosas consecuencias del terremoto de Chillán de 1939 lo llevaron a escribir una sentida carta al diario local, que luego fue replicada en todo Chile como un dramático y a la vez loable discurso acerca de la postergación y abandono de las provincias, los pueblos chicos, los caseríos sin poder, en particular su pequeña aldea, Coelemu. Y así, sin saber cómo, de pronto el joven Gaspar ya había lanzado su carrera política. Una vez elegido alcalde, sus sueños localistas siguieron el camino del “¿y por qué no?”. Su tierra, Coelemu, estaba siempre a trasmano de los asuntos administrativos provinciales, pagando el pato de
su pequeñez, como todas las periferias de los centros regionales o nacionales. ¿Qué podía hacer al respecto? Don Gaspar pensó entonces en lo único inimaginable: la independencia. Es decir que su Coelemu, para terminar con el yugo administrativo, fuera una nueva provincia. Y luego, entre trago y trago de pipeño de Guariligüe, la nueva provincia de repente ya era poco: debía ser una república. Y así surgió la república independiente de Coelemu, camino a ser reino o imperio. Es una fábula acerca del regionalismo y el poder, pero en su decurso va clavando hitos de otro tipo. La historia, grotesca o heroica, de don Gaspar también deja lugar a la de sus hijos, que encarnan tipos humanos marcados históricamente como opuestos: el varoncito y la niña. Él, un hombre plano, chato, desgraciado y recto, es decir, respetable, un hombre de bien y trabajo. Ella, una chica idealista, medio hippie, medio izquierdista, dispersa y difusa en todo caso. El choque es brutal, y don Gaspar, un hombre que viene del sueño social y cultural de los años treinta o cuarenta, se encuentra de súbito con el remezón político de
los sesenta y comienzos de los setenta encarnado en sus propios hijos.

Ahora que se discute el destino nacional, la nueva Constitución, la noción de país, etcétera, la novela La nueva provincia tiene mucho que decir al respecto, llevando la discusión al ámbito de las autonomías y del carácter chileno, cualquiera sea la idea que tengamos al respecto. Disfrazada de criollista y vieja apelmazada con arranques cervantinos, es la más vanguardista de las novelas críticas de la actualidad política, no sólo porque muestra con severa crudeza aspectos históricos de la chilenidad llamada “profunda”, sino sobre todo porque muestra cómo esa chilenidad valorable se resguarda, más que en instituciones, en usos, costumbres y lenguajes, y sobre todo porque lo hace con un sentido del humor cuya elegancia, además de insólita, es luminosa y adorablemente piadosa y cariñosa con respecto a sus
protagonistas. Acierta Adriana Valdés al anotar que La nueva provincia tiene un humor quijotesco y, a la vez, muestra que sus protagonistas se desenvuelven como unos Bouvard y Pécuchet chilenos. Ese cruce entre dos miradas en apariencia opuestas pero convergentes al fin sobre las particularidades de la política popular y campesina, cruce que tan certeramente utilizó también el cineasta Raúl Ruiz al tratar la sabiduría del habla y su ridículo en el mismo plano, hace que La nueva provincia no sólo sea una de las novelas claves de la literatura chilena contemporánea, sino también, y sobre todo, un documento esencial para comprender mejor qué diablos es la chilenidad, al menos en lo que se refiera al divorcio ahora irremontable entre su artificioso centro cultural y sus partes simbólica y materialmente fundacionales.

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