Revista > OC 33 > Reseña Bibliográfica

Junio 2017

Un picaflor entre los muertos

Leonardo Sanhueza

Poesía

Violeta Parra

Editorial UV, Valparaíso, 2016, 472 páginas

Con la entrega del Nobel de Literatura a Bob Dylan se puso en órbita un tema poco discutido: la especificidad literaria de las canciones. Es un asunto confuso, pero aun así persiste una zona franca en que los textos parecen estar exentos de controles de aduana. Pienso en eso a propósito del libro Poesía, de Violeta Parra, compilado y anotado por Paula Miranda, que zanja el dilema desde su título, de clara vocación reivindicativa: es poesía a secas, nos dice, y allá tú si tienes problemas al respecto.

Vale la pena recordar los escasos precedentes de esa apuesta editorial, todos más bien moderados, en el sentido de que han señalado con cautela el carácter poético-literario de los textos. En 1976, apareció en España la antología Violeta del pueblo, en la colección Visor de Poesía. Esa edición significó una apertura, sí, pero a la vez su connotación literaria estaba muy mediada por la situación histórica que se vivía a ambos lados del Atlántico; además, la relación del sello madrileño con la canción, a juzgar por su catálogo futuro que saltaría de Leonard Cohen a Joaquín Sabina sin miramientos, resulta hasta hoy más bien indescifrable. En 1978, se publicó en Chile la antología 21 son los dolores, que en 1995 se reeditó como Volver a los 17; compuesta por letras propias de la autora o ajenas pero representativas de su repertorio, se incluyó en una colección llamada “Nuestros Poetas”, que ya contaba con Gabriela Mistral, Óscar Castro y Gonzalo Rojas; es decir, se planteaba su pertenencia al canon literario chileno. Sin embargo, al mismo tiempo, parecía pedir la indulgencia del lector: cada texto advertía entre paréntesis si era vals, tonada, cueca, etcétera. Por último, salvo excepciones como la de Eduardo Anguita, las antologías generales han incluido a Violeta Parra como pidiendo permiso o, para no hacerse líos, han pasado de largo por su nombre.

Este libro abre, pues, una compuerta pesada.

Entre los modos de leer la tradición —generaciones, influencias, identidades, continuidades, quiebres—, la obra poética de Violeta Parra se instala

como una piedra preciosa en el zapato. Desestabiliza la tradición, pero a la vez es un gozne sobre el que podrían girar sus posibilidades. La evolución de su obra trazó un camino rupturista paradójico: su búsqueda proteccionista y afectiva de las tradiciones de la poesía popular y de la canción —búsqueda esencialista, que la ponía en contacto incluso con tiempos americanos precolombinos y europeos medievales a través de la transmisión oral colonial y decimonónica— determinó los cursos de una originalidad contemporánea y vanguardista. Además, acaso consciente de que la tradición de la poesía popular es cantada sí o sí, y no leída ni letrada, planteó por ahí el camino de una improbable poesía escrita nueva: aquella que no se escribe y que, sin embargo, perdura en la letra escrita.

La publicación de esta obra poética, llamada como tal, implica una revisión de la historia de la recepción de esa literatura y, con ella, la constatación de que toda la obra de la autora ha estado interferida por diversos equívocos y convenciones culturales. Cada una de sus facetas ha sido escrutada bajo filtros que no alcanzan a enmarcarla o definirla del todo. Pensemos nomás en lo que de ella quepa llamar “folclor”: según quién y cuándo, el mismo objeto ha sido por igual revolucionario o canónico, elegante o vulgar, ultranocivo o decorativo. ¿Por qué su poesía iba a ser leída de forma diferente? Son textos que tienen un pie en la Edad Media y otro en el Manifiesto surrealista. Es uno de los méritos de este libro: mostrar cómo ruptura y tradición son ideas que Violeta Parra reventó para fundirlas. Lo mismo que su hermano Nicanor hizo con su cabeza, en particular contra el establishment literario, ella lo hizo con sus vísceras y con su cuerpo repartido en el territorio, llevando el combate a un plano cultural y político. No por nada su “viaje iniciático”, el salto de la provincia rural a la capital, ella lo describe en sus Décimas —que es el corazón de este libro— echando mano al “verso por desmembramiento”, que es uno de los tópicos más antiguos, enigmáticos y singulares de la poesía popular chilena: aquel en que el poeta recorre y reconoce el territorio dejando en cada lugar una parte de su cuerpo, hasta, idealmente, desaparecer desperdigado en el todo.

Para Violeta Parra, el texto nunca fue el mero vehículo de expresión de un mensaje personal, sino que representaba una realidad amplia y colectiva. Su propio cuerpo, su canto, era el canto de todos. Al igual que su hermano Nicanor, resignificó las tensiones aún en boga entre alta y baja cultura, comprendiendo la importancia de explorar y exponer lo que de la tradición ha sido acallado. Lejos del paradigma conservador, la tradición sería así un espacio de máxima libertad. En ese trayecto, hubo por tanto una constante fidelidad a la cultura popular, en cuyos enredos

la lengua —considerada como espacio soberano del pueblo— podía y debía ser el centro de todo.

Este compilado de la poesía de Violeta Parra no puede aspirar a ser definitivo, porque su tarea de seleccionar, fijar y organizar los textos es deficiente y, en ocasiones, filológicamente bochornosa (la transcripción de “Paloma ausente” es una verdadera carnicería métrica, por ejemplo). Sin embargo, en su osadía, es un libro atesorable para la cultura de todo un pueblo, entre otras razones porque es un tratado acerca del todo a partir de su más pequeña parte. El mundo entero está aquí, parece decirnos, dibujado desde la mirada espinosa que da el encuentro entre el recuerdo y el lenguaje. Pienso en la niña pobre que aparece en las Décimas, que de pronto debe fingir “pena y criterio” mientras contempla el funeral de un rico, donde “unas señoras con velo / llevaban oro en los dientes”. Con esa imagen habría bastado para configurar un texto plausible, pero algo habría faltado para que fuera un poema “en forma”, y su autora lo sabía. En efecto, al instante siguiente, la niña, ella misma, Violeta, junto a dos de sus hermanos, saltan sobre la tumba para robarse las flores, y el poema —y con él toda su obra poética— comienza a nacer, diciendo: “Éramos tres picaflores / sobre un finado decente”