Revista > OC 30 > Reseña Audiovisual


Guagua Cochina. No habrá finales felices

Lídice Varas

*Periodista de la Universidad Diego Portales. Diplomada en periodismo cultural y crítica cinematográfica de la Universidad de Chile y Magíster en edición de la Universidad Diego Portales-Universitat Pompeu Fabra

 

Los años no son signo de experiencia, ni tampoco las experiencias tienen edad, situación o condición. Sebastián Silva (1979) lo sabe muy bien. Primero, porque a sus 36 años y seis películas como director ya puede hablar de una filmografía reconocible; pero sobre todo porque en esta, construye experiencias haciendo honor a la doble acepción del término: vivencia y conocimiento, como si fueran opuestos y no consecuencia.

Desde su primera cinta La vida me mata (2007), pasando por La Nana (2009) o Gatos Viejos (2010) —en su sección chilena, pero también en la gringa— el sello de Silva ha sido el de mostrar la contradicción de la experiencia: perder a un hermano y aprender a lidiar con ello desde la muerte; no conocer otra casa que la de los patrones y tener que atender a otros a pesar de la rabia; enfrentar la demencia senil y preguntarse si se puede querer más a un gato que a un hijo. Hasta llegar a su última película, Guagua Cochina (Nasty Baby, 2015), que muestra la vivencia de una pareja gay enfrentada a las dificultades de la paternidad y el conocimiento adquirido de saber que hay personas más afortunadas que otras.

Consciente o no, Silva muestra esas contradicciones encarnadas en personajes que no son entrañables; por el contrario, son hoscos, antipáticos, mimados, ridículos, sobreprotegidos y en general, despreciables por varias razones. En La Nana, Catalina Saavedra es una mujer que odia a todos pero sobre todo a sí misma. En Gatos Viejos, Claudia Celedón es una hija frustrada, cocainómana y aprovechadora y Bélgica Castro desconfía de todos; Michael Cera es un veinteañero vividor y engreído en Crystal Fairy y el cactus mágico (2013), y el mismo Sebastián Silva interpreta a un artista mediocre, aburguesado, que quiere a toda costa ser padre en Guagua Cochina.

En general, el tono de las películas de Sebastián Silva es el quirúrgico tratamiento de las emociones, sus películas se parecen a esas personas de las que uno puede intuir que lo han pasado mal, que se cuidan mucho de mostrar de más y que, más que pena, producen miedo, porque son impredecibles. Guagua cochina es en ese sentido la confirmación de un estilo que sin repetir la fórmula da cuenta de los gestos propios de un cineasta que sabe usar los juegos sicológicos, las distancias, los personajes lejanos y el humor a favor del ambiente.

En la película, Sebastián Silva es Freddy, un artista gay que vive en Brooklyn junto a su novio, Mo (Tunde Adebimpe). Freddy está en dos proyectos: buscando ser padre con la ayuda de su mejor amiga Polly (Kristen Wiig) y trabajando en una instalación de video, “Nasty Baby”, que muestra los gestos torpes de los recién nacidos, pero encarnados por adultos. Con leves trazos, Silva se adentra en el dilema: Freddy no puede ser padre porque su conteo de esperma es bajo, Mo no está convencido del todo, mientras que Polly ruega por ser madre, pero en ningún caso se discute cómo serán familia. Tampoco Silva da luces sobre qué piensan sus personajes sobre los recién nacidos, si son tiernos o no, o si les parecen cómicos o repulsivos. No hay pistas tampoco sobre qué hacen los personajes, de qué viven, quiénes son o cómo se relacionan entre sí, salvo austeros detalles cargados de una ambigüedad que mucho tiene que ver con el ambiente arribista y artístico de una ciudad que perfectamente podría ser Santiago, donde la misma Polly reconoce que tener un hijo con Mo, que es negro, sería estar a la moda. Eso hasta que aparece The Bishop, un tipo mal de la cabeza, de novia drogadicta, que vive en la misma cuadra que la pareja y que se transforma en una amenaza. Sin revelar el giro dramático del tercer acto, basta decir que Silva opta nuevamente por un final que no busca espectadores felices o reconciliados, ni quiere dar respiro a sus personajes, aunque consigan lo que quieren.

Guagua Cochina confirma el talento de Silva para crear ambientes asfixiantes, jugar con los géneros (¿comedia negra, terror sicológico, cinéma verité?), y muy especialmente para no ser condescendiente, ni con el público ni con sus personajes. Al final, y como en otras de sus cintas, lo que hay detrás son dilemas morales, juicios e incluso críticas al sistema donde se mueve Silva (artistas, arribismo, jóvenes acomodados, diferencias de clase), presentadas sutilmente como si no quisiera herir a nadie y que se resumen muy bien en una de las últimas escena de Nasty Baby donde Freddy, Mo y Polly miran a una guagua que no es la suya, con una mezcla de ternura y asombro, como preguntándose en que minuto los niños inocentes se convierten en adultos despreciables.

 

Guagua Cochina (Nasty Baby)

EE.UU, 2015

Dirección y guión: Sebastián Silva

 

 

 

× Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio