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junio 2017

A la luz de la sombra

Lídice Varas

Niña Sombra

Chile, Canadá, Costa Rica, 2016

Dirección y guión: María Teresa Larraín

Fotografía: Arnaldo Rodríguez y Daniel Grant

Montaje: Ricardo Acosta, Tim Wilson y Jordan Kawai

La oscuridad es el lugar donde las películas brillan: apagamos las luces para ver una película y entramos a la sala oscura de los cines para que la pantalla y sus historias nos iluminen. Buscamos el negro para que la luz exhiba su potencia, porque la luz necesita de su opuesto para ser comprendida. Por eso es que no hay nada más paradójico que un cineasta ciego, nada más trágico que un cineasta que deja de ver. El documental Niña Sombra de María Teresa Larraín nos pone de lleno en la extraña dicotomía de entender la labor del cine como, por un lado, un trabajo de luz para que otros vean y, por otro, un trabajo de sombras que estaría vedado para aquellos que no pueden ver. ¿Se puede filmar sin las herramientas de la vista? ¿Cómo es una película para quienes no ven? Son algunas de las preguntas que surgen, porque la realizadora se está quedando ciega, y en esta su última película, transita hacia la ceguera con los recursos de la luz.

Niña sombra documenta en primera persona la tragedia de una niña que sabe que la miopía progresiva congénita la dejará ciega en algún momento de su vida. Larraín, a pesar del destino que le ha tocado, elige ser cineasta. Tal como la cineasta relata, su vida era la de una profesional exitosa, con trabajos estables para la televisión de Canadá, donde vivía desde 1973, filmando piezas audiovisuales o documentales —entre ellos El juicio de Pascual Pichún (2007)—, bailando, amando o andando en bicicleta. Sin embargo, la muerte de su madre, el que le negaran una pensión de gracia y su inminente ceguera la traen de regreso a Chile tras décadas de ausencia, con el temor, como ella misma reconoce, a la oscuridad, la pobreza y la soledad. En un primer momento este sería un documental sobre los vendedores ciegos de la Alameda, obviando el hecho de que la propia cineasta ya no ve, sin embargo cuando Niña Sombra se transforma en un ejercicio de exploración sobre la propia pérdida de la visión es cuando gana en dignidad y emoción.

El hilo conductor es la desesperación y la aceptación; la voz en off de María Teresa Larraín inunda y explica la intimidad del proceso y la indefensión del que se transforma en una carga para el Estado, las personas, sus amigos y sí misma; mientras que las imágenes difusas y el uso de claroscuros ahondan la idea de la pérdida de visión y la ceguera como una condición relativa; porque Niña Sombra no es solo el testimonio del quedarse ciega, es también el relato sobre cómo se construye una pieza audiovisual con otros recursos, cediendo la cámara y los roles, siendo Larraín a veces director y personaje, mezclando la autobiografía con el registro poético.

 Niña Sombra recorre lugares comunes propios del testimonio como género, pero también otros poco explorados que tienen que ver con transformarse en sombra dentro del mismo proceso de creación, pues a medida que avanza el metraje la primera persona se desvanece y aparecen otros –como personajes, sentimientos y recursos– que transforman la despedida en un acto de construcción colectiva, callejero y, sobre todo, luminoso.