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Violencia de género: Cuerpos para marcar

Carolina Rojas

*Periodista Universidad Arcis, diplomada en Periodismo Cultural, Crítica y Edición de Libros de la Universidad de Chile. Actualmente es becaria del programa Cosecha Roja para formar periodistas en cobertura de femicidios, violencia de género y crímenes de odio. Trabajó siete años en La Nación Domingo, además de haber colaborado con medios nacionales como revista Paula, The Clinic, y a nivel internacional en revistas culturales como Anfibia, Revista Ñ y Viva Clarín de Argentina

Nabila Rifo y Carola Barría quedaron ciegas tras el ataque de sus parejas. Carol Mora fue desfigurada por su agresor y en lo que va del año ya se cuentan 40 femicidios y 63 femicidios frustrados en Chile. ¿Cuál es la dimensión simbólica de esta violencia? Esta es una crónica sobre los últimos crímenes contra mujeres, en los que sus cuerpos son vistos como un paño, una papel donde grabar un mensaje.

Miércoles 19 de octubre
Por Avenida Providencia y sus calles aledañas, camina un séquito de mujeres de negro. Un aquelarre que se multiplica en las veredas y en el metro de Santiago. Ya son las seis y media de la tarde, podría
ser una fiesta, pero es un cortejo y la ropa de las “viudas” llama la atención de la gente que mira ajena una Plaza Italia que ya está repleta. Las mujeres, teléfono en mano, buscan a sus amigas en cada uno de los puntos de encuentro, que ya comienzan a colapsar. Todas se atochan, se pierden, se buscan, se envían mensajes. Pero esa inundación abrupta se convierte en rabia y esa rabia en ganas.
Hay carteles, ruido de silbatos y bombos, un murmullo como antesala de la gran marcha que se ve venir. La masa de mujeres comienza a moverse.
“Ni una menos, ni una muerta más”, grita un grupo de jóvenes y se une a un sonido que se vuelve gutural, la emoción se siente y se vuelve un nudo en la garganta. Florencia Aguirre, en Chile;
Lucía Pérez, en Mar del Plata, ambas menores de edad asesinadas en menos de una semana, esa fue la gota que rebalsó el vaso, esas noticias que afectan en un lugar profundo. Las mujeres enfilan a paso lento a estación Los Héroes, se oye más fuerte el ruido de las batucadas. Pasa una hora y ninguna mujer parece cansada. Al contrario, se avanza a paso firme “¡Ahora, ahora quieren vida, cuando en dictadura, mataban con la DINA!”, grita otro grupo. La agitación crece, y una ráfaga de viento confirma que la tarde se vuelve fría. Las mujeres son miles, dicen en las redes sociales. No se puede ver nada a cinco metros de distancia. “¡Alerta, alerta, alerta machista, que todo el territorio se vuelva feminista!”, vociferan los colectivos feministas y las agrupaciones LGBT. Un cartel reza: “Nos queremos vivas, libres y sin miedo”.
Desde hace un tiempo el miedo se volvió una constante, una certeza. Todas los saben: nos están matando.

23 de junio.

“Hombre le sacó la piel de la cara a su polola con una botella y se suicidó”, dice el titular amarillista de un sitio online, pero la historia es otra. El 18 de junio, Ada (52) se encontraba de paseo en Valparaíso
para descansar un par de días de su trabajo como vendedora. Hoy, al otro lado del teléfono, recuerda que todo el día la acompañó un mal presentimiento, una puntada en el pecho que hasta ese momento parecía no tener motivo alguno. Hizo tres llamadas a sus otros dos hijos —Carol y Héctor— que se quedaron en su casa en La Calera. Carol, madre de sus dos nietas —de trece y tres años—, vivía con ella y esos días era su principal preocupación. Necesitaba cerciorarse de que todo estuviera en orden. Nadie contestó. Al día siguiente, el paseo continuó: fue a almorzar a Concón y terminó con una larga caminata hasta la iglesia de San Expedito. A las siete de la tarde, al salir del templo, Ada miró su celular: tenía 15 llamadas pérdidas de su hijo Héctor. Llamó a su casa, el teléfono repicó unos segundos. De nuevo nadie atendió. Recuerda ese momento como si fuera ayer. Cuelga. El celular suena otra vez. Escucha la voz jadeante de una vecina. —Señora Ada, pasó algo malo con la Carol, tiene que venir ahora— le explicó del otro lado de la línea. Todo se vuelve negro. Ada maneja a toda velocidad por la carretera camino hacia La Calera. En el hospital recibió la noticia que ninguna madre quiere escuchar. Carol había sido atacada: decenas de cortadas de gravedad en su rostro. Su agresor, Patricio Marre, se ahorcó solo una vez que la creyó muerta. Cuando Carol despertó, a duras penas, se subió a un mueble y, asomándose por una pequeña venta, pegó un grito, para luego volver a desplomarse. Estuvo al borde de la muerte. Carol Mora (35) es la primogénita de tres hermanos. Trabajaba con su madre vendiendo ropa para recién nacidos en un local comercial en el centro de La Calera. Las fotos en la biografía de su Facebook dejan adivinar a una mujer alegre. Se ve radiante, atractiva y sus ojos grandes verdes le dan un aire infantil en cada
una de las “selfies” que aparecen publicadas. Ada cuenta que su hija estaba soltera, recién separada del padre de sus hijas. Quería rehacer su vida, quería dejar todo atrás y conocer a nuevos amigos.
—Carol es conocida en todo el barrio, todo el mundo la quiere, yo creo que todos los amigos de nosotros en su familia no alcanzan a empatar los que ella tiene, ella es así, muy sociable— dice Ada.
Conoció a Patricio Marre a través de Facebook, un hombre diez años mayor que ella. Lo único que Ada sabe es que Marre rastreó a su hija por la web, por eso siempre le decía que él la conocía hace tiempo. Patricio le envió una solicitud de amistad, comenzaron a hablar y luego salieron por unas semanas. Ella quiso que siguieran siendo solo amigos, y así fue por un tiempo. Esa era la relación que tenían hasta el día del ataque, confirma Ada. Los recuerdos se revuelven y su madre saca cuentas, se recrimina
y dice que su hija y ella no sabían nada de Patricio.
—Uno no conoce cien por ciento a una persona, chateando ¿cierto?— dice y guarda silencio.
Y así fue, porque Patricio, a ratos, dejaba ver sus constantes cambios de humor en la red: fotos de un revólver, de El Guasón, con mensajes amenazantes que iban subiendo de tenor a medida
que pasaba el tiempo y aumentaba la distancia de Carol: “Yo tengo mi lado romántico, pero también malvado”, advierte en una de sus últimas publicaciones.
Se reconocía malhumorado y no lograba sacarse de la cabeza a su amiga. Uno, dos, tres y hasta cuatros posteos diarios con fotos de Carol en su biografía de Facebook. Una insistencia que comenzaba a rayar el acoso: regalos, mariachis y bombones sin respuesta.

Ada, ahora, entiende que Patricio estaba obsesionado con su hija. —A veces llegábamos temprano al local en la mañana y él ya estaba instalado afuera. Mientras ella trabajaba le llevaba café, dulces,
eran amigos, pero a mí no me gustaba, lo encontraba raro, no sé pueh, cosas de mamá— recuerda.
Fue esa misma afabilidad típica de Carol, la que Marre utilizó como anzuelo para llevarla hasta su casa el 18 de junio. Le pidió que por favor conversaran de lo que estaba pasando y ella creyó que era la mejor manera de ponerle límite a una situación que cada día se volvía más agotadora. Una vez en su casa, él le rogó que fueran más que amigos, como antes, como siempre debió ser. Ella le dijo que no, que así estaban bien, que todo terminaba allí. Fue el momento en que Patricio se reveló, la sonrisa y la serenidad
impostada se transformaron en gritos: la golpeó, le rompió una botella en la cabeza. Descargó toda su ira sobre Carol, arrancándoletrozos de piel de su rostro.

Lo que sigue es el olor aséptico de su habitación y las vendas. La depresión de Carol. Tras salir de riesgo vital e innumerables intervenciones reconstructivas en el Hospital de Carabineros de Santiago, hoy tiene 60 puntos su la cara y asiste a un tratamiento sicológico para sobrellevar los efectos traumáticos de ese día.
El mensaje sobre el cuerpo
La antropóloga argentina Rita Segato es una de las voces más importantes al momento de situar políticamente la violencia contra las mujeres, pues para ella no se puede reflexionar sobre esta violencia por fuera de las estructuras económicas capitalistas “de rapiña”, como ella ha mencionado en diversas entrevistas (Carbajal, 2016). Para Segato, el cuerpo de las mujeres es el lienzo donde se graba un mensaje de odio, moralizante, que, además, va acompañado de violencia mediática. Segato afirma, que al igual que en las guerras convencionales, donde el ganador tomaba el espacio físico y el cuerpo de la mujer era la extensión de ese territorio, hoy ocurre algo similar:

“La destrucción por medio de formas de crueldad es práctica rutinaria, y ponerles nombre es central para poder exigir investigaciones pormenorizadas y para crear vocabularios. Es imprescindible su separación de los crímenes comunes. El género es una máquina genocida y los jueces participan del
género. Son hombres, nadan confortablemente en la atmósfera hegemónica patriarcal. Y para el género no existen tiempos de paz (Sandá, 2009).”

En su ensayo sobre Ciudad Juárez (Segato, 2013) reflexiona sobre las verdaderas torturas que sufren las mujeres y como existe un anuncio, un recado detrás de cada muerte y violación, una violencia casi ancestral que está sumida dentro de las estructuras del poder.

“Es por su calidad de violencia más expresiva que instrumental —violencia cuya expresión del control absoluto de una voluntad sobre otra—, que la agresión más próxima a la violación es la tortura, física o moral. Expresar que se tiene en las manos la voluntad del otro, es el telos o finalidad de la violencia expresiva. Dominio, soberanía y control son su universo de significación (Segato, 2013, p.21).”

Segato insiste en que, como cualquier acto de violencia, la violencia contra las mujeres lleva una firma que confirma la existencia de un habla y un fin aleccionador del agresor, profundizando en el significado de la violencia como forma de dominio. “Es precisamente al cumplir este último papel que los asesinatos
pasan a comportarse como un sistema de comunicación. Si escuchamos con atención los mensajes que allí circulan, podremos acceder al rostro del sujeto que en ellos habla. Solamente después de comprender lo que dice, a quién y para qué, podremos localizar la posición desde la cual emite su discurso. (…) En otras palabras, los feminicidios son mensajes emanados de un sujeto autor que solo puede ser identificado, localizado, perfilado, mediante una ‘escucha’ rigurosa de estos crímenes
como actos comunicativos (Segato, 2013, p.31).”
Esa misma postura es compartida en Chile por las mujeres que estudian el tema. Carolina Valenzuela, sicóloga forense con más de diez años de experiencia, habla y desenmaraña el mismo punto y va aún más allá, al detallar la siquis del agresor. Lo describe como un hombre que actúa cuando ve que es imposible controlar a una persona, a su pareja, un ser social e independiente, que causa impresiones en otros o provoca miradas, una persona con sentimientos o pensamientos propios. “Es en ese momento que
el cuerpo, pero especialmente el rostro, se vuelve el mejor recurso para ‘recordarle’ a esta mujer que tiene dueño. Quiere ‘trizarla’. Es un doble mensaje, primero para ella, pero también para la sociedad”, explica Valenzuela.

A su juicio, y a la luz de estos últimos casos, es patente la progresión de violencia que están viviendo las mujeres en nuestro país, donde cada vez son más humilladas, aisladas, controladas, golpeadas y maltratadas. Mujeres que frente a su agresor van perdiendo su condición de persona: ellos se sienten con el derecho de arremeter brutalmente contra quien consideran “su posesión”. En su opinión, los casos de Nabila Rifo y Carola Barría son el ejemplo concreto de la violencia simbólica, donde, con la tortura,
se entrega un mensaje reforzado. “Por una parte, les dicen a ellas que nunca más podrán relacionarse con el mundo de la forma más directa que conocemos, a través de la mirada. Su última visión son
ellos; por otra, logran invisibilizarlas completamente, ellas nunca más podrán saber cuándo son vistas por otro, ‘reconocidas’ por otro, dependerán de algo o alguien para saberlo, hasta cuando se acostumbren a su nueva condición, pero aun así lo que reciban será una interpretación, ellas no lo podrán vivir en plenitud su vida”, explica la especialista.

La sicóloga agrega que el cuerpo es el límite evidente y concreto que tenemos las personas, violar ese límite al agredirlo y marcarlo con su propia sangre, es un acto primitivo, propiciado por la tradición
machista y la imagen precaria que hace años se tiene de la mujer. Profundiza que, si bien en Chile hay una retórica sobre los derechos de la mujer y el feminismo, y que se ha avanzado en estas materias, eso no necesariamente se proyecta en las relaciones entre hombres y mujeres. Cree que el progreso hacia la igualdad y equidad femenina ha sido dispar, y que son las mujeres quienes tienen una mayor consciencia, pero principalmente porque son ellas quienes experimentan día a día la desigualdad, es decir, falta que esa consciencia se extienda a la otra mitad de la relación: los hombres. “Sin la consciencia de ellos difícilmente podremos avanzar y lograr la paridad que merecemos, esto no es un problema
solo de nosotras, es un problema de ellas y ellos, por lo tanto la prevención, no sólo debe estar enfocada en la víctima, sino que también en no ‘crear’ victimarios”, dice.

Después de Nabila
Jueves 18 de mayo
Comienza la velatón frente a la Posta Central. Más de 40 mujeres capean el frío, improvisan gritos y pancartas. Se siente en ellas la rabia de un caso que las ha golpeado fuerte. Algunas mujeres creen que Nabila no sobrevivirá a tanto trauma en su cuerpo, otra comenta que Rifo se aferra a la vida por sus hijos. Son preguntas y respuestas que afloran en desorden en esta protesta improvisada, que se organiza a la hora de comprar las velas y repartir los carteles a cada una de las asistentes. Afuera del hospital, llegan más jóvenes con pancartas que dicen “Justicia para Nabila”, o “Si agreden a una respondamos todas”, “Mauricio Ortega, te vamos a pitear entre todas”. El frío ya comienza a entumecer las manos, el viento apaga las velas. Luz verde. Las mujeres bajan a la calle en fila para protestar en medio de los autos. Suenan las bocinas. A Nabila Rifo, de 28 años, le arrancaron los ojos, como si su atacante no quisiera que volviera a reposar la mirada en otro hombre. Casi seis meses después, se puede decir que Nabila sobrevivió a todo todo eso, y a más, incluso a las conclusiones peyorativas y violatorias de su intimidad. Para muchos, Nabila era una mala víctima: se habló de sus ex parejas y de sus problemas
con el alcohol, como justificando a su atacante. A Harley Durán, vocera del colectivo Desnudando de Aysén, la golpeó de cerca el caso de Nabila. En su opinión, el aislamiento y el machismo son dos factores que contribuyen a la proliferación de estos crímenes en la zona. Coyhaique es la ciudad que tiene
los mayores índices de denuncias por violencia intrafamiliar en la región de Aysén, según el Servicio Nacional de Mujer y la Equidad de Género.

En medio de una entrevista telefónica, Durán comenta que, después de las agresiones en escalada, lo que más le preocupa es el trato denigratorio de la prensa con las víctimas, donde los medios masivos “instalan” ideas de agresión al entregar los detalles más escabrosos de un ataque. Critica la forma en que se difundió la información sobre Nabila Rifo que, como en otros casos, hay imprecisiones  sesgo, stereotipos y violación a la intimidad. Una violencia que se extiende en el relato. Nabila fue víctima y lo seguirá siendo en cada artículo y comentario morboso.

Finalmente, Harley explica que si el femicidio brota de la vida privada, territorio cuya apertura es difícil, allí siempre es mejor ocultar rastros, hay cosas de las que es mejor no hablar. “¿Qué pasa si en Nabila se reconocen otras mujeres?”, se pregunta. Cree que para la gente es mejor y más plausible ser víctima de una brutal agresión como consecuencia de un robo, de una violación de un desconocido: es mejor castigar a un extranjero narcotraficante o parte de una red de tráfico de órganos que a una pareja. Cree
que Coyhaique se divide en los rumores, como la maldición del pueblo chico.
“Hay que hablar de las violencias desde el lenguaje y en cualquier etapa de la mujer, porque la violencia es un camino que se ha construido socialmente. Hay que pensar en lo que se niega en lo que no queremos ver. Percibo que en el caso de Nabila, es mejor pensar que su atacante haya sido un colombiano en vez de Mauricio Ortega”, comenta la activista.

María Elena Acuña, antropóloga y académica de la Universidad de Chile, también es enfática al referirse a la proliferación de los crímenes contra mujeres que no dejan de aumentar, multiplicarse, mediatizarse con elementos violatorios a su propia intimidad. Una violencia que se transforma en escritura sobre el cuerpo de las mujeres. Sentada en el escritorio de su oficina, habla sobre el tema y se aglomeran
sus opiniones. Zurce ideas, vuelve a preguntas profundas. Un zigzagueo con el que expone lo que hay detrás de los asesinatos de mujeres y de las brutales agresiones de las que estamos
siendo testigos. —Se debería manejar esto como una crisis grave, como la desnutrición
en los 60, se debe tomar como un problema real que, aunque demore, tiene que tener solución dentro de 15 años—, dice y retoma la idea.
Recuerda que lo que no sabemos es cómo se ha ido transformando esta violencia contra las mujeres en nuestro país. Dice que solo hay un conocimiento general, como los golpes que reciben, la violencia económica y la humillación que se ejerce contra ellas, pero se desconoce la magnitud del fenómeno, la descripción de quiénes son las otras víctimas que quedan a su alrededor y los alcances de la tragedia.
“En muchas ocasiones, cuando una mujer es víctima de femicidio, sabemos sólo eso. No sabemos, de alguna manera, que sucedió en medio de ese resultado tan brutal. ¿Cuántas horas duró su sufrimiento?
¿Qué pasó con sus hijos? ¿Cuáles son las otras cicatrices? Tenemos que tener elementos que nos permitan conocer cómo se ha modificado esta violencia que puede estar siendo más brutal.
Sabemos que el resultado es la muerte de alguien, pero desconocemos la dimensión simbólica”, comenta.

Para la antropóloga, en estos femicidios y femicidios frustrados, está presente la dinámica de castigar, de aleccionar constantemente a las mujeres en la construcción de lo que debe o debería ser una “mujer virtuosa” y el castigo que se espera tras salirse de estas normas implícitas. “¿Qué tiene de simbólico marcar un cuerpo? Marcar la cara es dejar a una mujer expuesta permanentemente ante sí misma,
a ese dolor y a la sociedad como una persona que infringió un pacto, una obligación tácita con su pareja”, explica. Acuña cree que frente a la magnitud de los últimos casos y con el tipo de crueldad que se ejerce, se mutila la identidad de una mujer cuando son cortadas, apuñaladas, violadas y hasta quemadas.
Esa es la manera con la que se refuerza el aislamiento, el dolor y la culpa de las víctimas.
“Se busca dejarlas sujetas a las preguntas de ¿qué te pasó?, sujeta a una interrogante. La mujer mirada como despojo, alguien con menos valor en la sociedad, la puedo tratar como quiero, puedo infringir sobre estos cuerpos con toda la violencia y en todos los contextos que estime pertinente”, dice.

Mientras analiza los últimos casos aparecidos en la prensa, comenta como en esta violencia que va en aumento, las mujeres son vistas como objetos, una acción que no se limita solo al terreno privado, íntimo o doméstico, sino que es una violencia entendida como recurso social, un mensaje para todas las mujeres: “el mensaje es claro: esto también te puede pasar a ti”, dice. Agrega que al hacer una evaluación del fenómeno, su magnitud supera a lo que está tipificado en la ley n° 20.066 de Violencia Intrafamiliar, inclusive reconociendo sus limitantes y que, aunque es un instrumento necesario y útil, aún falta mucho
por hacer. En su opinión no existen los protocolos necesarios, se debe asumir que la persona está en riesgo desde la primera denuncia a Carabineros y las medidas cautelares no pueden ser la única respuesta. —A esta crisis estamos todos convocados: los medios, las escuelas, las instituciones que forman profesionales, el mercado laboral, los empleadores… no se puede seguir así— concluye.

Ley de Violencia Intrafamiliar
Parece difícil la tarea de avanzar en medio de un episodio de horror tan significativo como el de Nabila Rifo, que dejó al descubierto el odio desatado contra su cuerpo. Las entrevistadas concluyen que el
escenario de la violencia de género en Chile se recrudeció aun más. Este año se realizaron algunos anuncios desde el Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, como la idea de modificar la actual
Ley de Violencia Intrafamiliar y ampliar las nociones de violencia actualmente tipificadas. Desde hace varios meses, se busca la ampliación del concepto y establecer que mientras exista una relación sentimental entre dos personas, se puede configurar el delito con penalidades que van desde los 15 años y un día hasta presidio perpetuo.

Otro de los cambios en discusión, viene desde la comisión de Constitución de la Cámara de Diputados, donde hace un tiempo comenzaron a abordarse varios proyectos de ley que buscan eliminar, para el caso de femicidios, la atenuante n° 5 del Artículo 11 del Código Penal: “obrar por estímulos tan poderosos que naturalmente hayan producido arrebato y obcecación.” Esto ocurrió a raíz de una vergonzosa noticia, cuando en abril de este año el Tribunal Oral Penal de Ovalle condenó a cinco años de libertad vigilada a
un hombre que fue encontrado culpable de golpear y apuñalar a su esposa, pero se consideró como atenuante una supuesta infidelidad de parte de su cónyuge. María Angélica Jiménez, académica de la Universidad Central, tiene una extensa carrera en el área de criminología y justicia penal: uno de sus libros se titula Violencia contra la pareja en la justicia penal: mayores penas, mayor violencia (2011). Dice que ha revisado la prensa de estos días y explica algunos de los problemas que presenta la
ley en la práctica, se refiere a la gran cantidad de denuncias y a las medidas cautelares que se observan. Dice que desde un tiempo a esta parte han crecido enormemente las imputaciones, lo que ha movilizado a las víctimas, pero el sistema a ratos colapsa. “El sistema penal y el sistema de familia se han visto agobiados con esta cantidad de denuncias y un segundo problema es que una importante cantidad de mujeres se retracta una vez hecha la denuncia”, advierte antes de seguir la conversación. Reconoce que queda trabajo por hacer en distintos campos, pero evalúa positivamente la visibilización que ha tenido estos últimos años el tema de la violencia de género. Hace hincapié en que tras promulgarse la ley n° 20.480 de Femicidios, quedaron al descubierto estos crímenes, lo que ha contribuido a visibilizar el conflicto, que a su juicio, ha tenido un avance que se debe reconocer a pesar de las criticas. “Más allá de los medios de comunicación, hoy, con una ley que recoge particularmente estos delitos, los contabiliza,
los visibiliza y los muestra, seguramente en el contexto de años anteriores —cuando no existía esta ley— a lo mejor existían tantos o más femicidios, lo que ocurre es que hoy los visibilizamos, los abordamos y los castigamos de forma expresa y específica”, explica.

En su experiencia como docente, Jiménez sabe que el problema de la violencia de género es más profundo y está más arraigado de lo que queremos reconocer como sociedad, que los profesores son interpelados por estos sucesos y son los llamados a educar y difundir una cultura de no violencia para no seguir reproduciendo agresores. Concluye que, parte de la solución, es la participación de la sociedad en su conjunto con intervenciones en distintos ámbitos: en la cultura, en la política y en los medios de comunicación. Por el casino de la universidad, varias parejas de jóvenes pasan de la mano, otras comparten un café. El ruido en el patio, a ratos, vuelve inaudible la entrevista. Jiménez sabe que en esas imágenes está la respuesta. Hace una pausa mientras apura un café, cuando retoma la conversación,
insiste en que lo primero es abordar la educación sobre estos temas a temprana edad, para así prevenir la violencia desde el noviazgo o “pololeo”, que es uno de los problemas que ha comenzado a visualizarse en las denuncias que quedan estampadas. “Quiénes estamos emplazados, es la sociedad en su conjunto. Hay que crear relaciones armónicas en todos los niveles. Hoy tenemos denuncias de agresiones en el pololeo, que no son relaciones estables de pareja, lo que da cuenta de que este problema es mucho más
complejo y traspasa las formas de relacionarse…”, concluye.

Y sus palabras tienen asidero: en lo que va del año, 45 mujeres han sido asesinadas por hombres. La mayoría, muertas a golpes y a puñaladas, según el registro diario de la Red Chilena Contra la Violencia,1 un número que dista de la cifra que maneja el Ministerio de la Mujer. Una de las últimas víctimas, Mariela del Carmen Fernández (34), argentina, sin familia en Chile, fue asesinada por su pareja la madrugada del 7 de septiembre en Hualqui, región del Biobío. Tenía tres hijos. A Yetsabet Bustos la encontraron maniatada en una tina, a Yenery Carrasco la hallaron estrangulada y oculta bajo una cama, a Nadia Pardo la balearon. Esos son solo los femicidios de un mes. Al finalizar la conversación con Ada, ella cuenta que está tomando tranquilizantes y que asiste una vez por semana a terapia. Dice que hay días en que no cabe en sí misma de tanta rabia y que tiene accesos de llanto. Carol está viviendo con una prima en Santiago, mientras se prepara para enfrentar nuevas cirugías para la reconstrucción de su rostro. Pese a todo, Ada sabe que su hija es una sobreviviente. Su nieta adolescente abandonó la casa, sacudida también por lo que vivió su madre. La familia se desintegra y eso a ella le duele.
—Mi hija no se ha mirado al espejo, nos pregunta que cómo quedó, le digo que bien, no quiero que decaiga (…) Solo espero despertar y terminar algún día con esta pesadilla— dice, y suspira antes de
despedirse al otro lado de la línea.

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[1] ONG no gubernamental encargada de la articulación de colectivos y organizaciones sociales, desde 1990 realiza acciones de denuncia, campañas y estudios.
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Referencias bibliográficas
Carbajal, Mariana (2016). “A través de la víctima se viola a toda la sociedad”. Página 12. Recuperado de www.pagina12.com.ar
Jiménez, María Angélica (2011). Violencia contra la pareja en la justicia penal: mayores penas, mayor violencia. Santiago, Librotecnia.
Sandá, Roxana (2009). “La guerra en el cuerpo”. Página 12. Recuperado de www.pagina12.com.ar
Segato, Rita Laura (2013). La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Buenos Aires, Tinta Limón Ediciones