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Participación: los aportes del sector cultural en la encrucijada de las transformaciones sociales.

Departamento de Ciudadanía Cultural CNCA

Si la temática más trabajada a lo largo de las doce convenciones nacionales de cultura que acopia nuestro joven Consejo Nacional de la Cultura y las Artes es, precisamente, la participación,(1) se constata que el sector cultural ha aportado al país una enorme fuente de conocimientos, experiencias, mecanismos y rutas de acceso para que la participación se instale, más allá del discurso —muy vinculado aún al acceso/consumo cultural— como un derecho que la propia ciudadanía se aventura, cada vez más, a exigir.

En un proceso de pocos años, la participación se ha ido emplazando como un componente ineludible de las políticas públicas, dotándose de dispositivos legales para su materialización (Ley nº 20.500 sobre Asociaciones y Participación Ciudadana del 2011), canales formales e informales para su expresión y, sobre todo, en nuestro sector, experiencias potentes, valiosas y constantes que demuestran que la participación sí constituye esa herramienta de cambio social que la ciudadanía espera que sea.(2)

Pese a ello, tan naturalizada se encuentra esta capacidad en el sector cultural, que dejamos de sacarle lustre al hecho fundacional de que toda nuestra política cultural, en sus dos versiones (2005-2010 y 2011-2016), se ha construido sobre la base de procesos cuyo núcleo es la participación de una diversidad de actores territoriales vinculados al quehacer cultural. La implicancia que vale no perder de vista, es que dicha participación ha afectado (y, disculpando la obviedad, afectar viene de afecto) la real toma de decisiones, proceso en el que la ciudadanía ha sido un actor preponderante.

Este camino recorrido, de algún modo se ha adelantado y contiene el germen de lo que el último Informe sobre Desarrollo Humano 2015 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Chile ilustra como “los tiempos de la politización”, es decir, ese fenómeno social por el cual una temática o asunto cobra tal relevancia que surge la necesidad imperiosa de incorporarlo al campo de las decisiones colectivas. Como señala dicho documento: “la politización se expresa en distintos planos de lo social: ampliación de la discusión pública, aumento de la conflictividad, involucramiento ciudadano” y el sector cultural conoce bien estos procesos porque los ha experimentado de manera constante. Otra cosa es que toda esta experiencia, de más de una década de institucionalidad, se encuentre sistematizada, organizada y disponible.

Ciertamente, el carácter de la participación y sus estrategias también han evolucionado en ese camino. Y si hace diez años el acceso y la masividad eran objetivos de las políticas de participación, en las que las nociones de audiencia o público eran centrales pero no tenían un impacto evidente en la toma de decisiones, en este tiempo, permeado por lo político —entendido como “todo aquello que en una sociedad se establece como susceptible de ser decidido colectivamente” (PNUD, 2015)—, la sola presencia y vinculación de las personas no son suficientes para garantizar un ejercicio contundente de participación ciudadana. Hoy, participar es “ejercer el poder de actuar y transformar la realidad” (CNCA, 2009) y, al mismo tiempo, desde un enfoque de derechos humanos, se le reconoce a toda persona o colectivo “el derecho a participar, de acuerdo a procedimientos democráticos en la elaboración, ejecución y evaluación de las políticas culturales que le conciernan”.(3)

Por supuesto, el sector cultural puede dar cátedra sobre el ejercicio de la participación y sus implicancias pero, al mismo tiempo, la mirada de la participación con los anteojos del consumo, sigue estando presente en el relato y, a ratos, participación y consumo aparecen como sinónimos. Basta leer los datos de la última Encuesta Nacional de Participación y Consumo Cultural del 2012 para entender que básicamente se habla de hábitos, consumo cultural y acceso a los bienes y servicios culturales y patrimoniales.

Por otro lado, si enfocamos la mirada más allá de lo sectorial, el escenario adquiere otros matices y surge más de un contrapunto: si bien la mayoría de las personas consideran que la participación es muy relevante (91%), son mucho menos los que ejercen una participación activa (36%), pues existe la percepción de que las decisiones finalmente “están en manos de terceros, y de que se requiere mayor descentralización y apertura al diálogo para lograr una efectiva participación ciudadana” (Acción RSE, 2015).

Coincidente con lo anterior, los derroteros del estudio para el próximo Informe de Desarrollo Humano en Chile indican que “la desigualdad territorial y el centralismo expresan algunos de los desafíos más potentes que debe enfrentar el país”

La inquietud que se desprende se refiere a que si existen los mecanismos, las vías y la experiencia institucional (no sólo referida al Consejo de la Cultura, evidentemente), ¿por qué la ciudadanía se siente ajena a la toma de decisiones y decepcionada de las transformaciones?

Un factor que se ha dejado sentir con lamentable ímpetu es la desconfianza que permea los distintos ámbitos de la sociedad, desde las instituciones hasta los agentes de cambio, incluyendo el mundo político, el religioso así como el de la economía. La ciudadanía está demandando cambios profundos frente a los modos tradicionales de hacer las cosas que, a estas alturas, generan rotundas sospechas.

En ese contexto, adquiere enorme sentido y urgencia que las políticas públicas se vuelvan hacia los sujetos y consideren en sus diseños e implementación las subjetividades en su mayor amplitud, considerando, tal como hizo hincapié el sociólogo Gonzalo Delamaza en la pasada Convención Nacional de Cultura, las percepciones, las representaciones y las prácticas territoriales de las personas.

El anterior Informe de Desarrollo Humano en Chile (2012) hablaba, precisamente, del bienestar subjetivo y del desafío de instalar efectivamente esa dimensión como un eje del quehacer público, con el giro metodológico que ello implica en la construcción de objetivos, de vías para materializarla y de las maneras de medirlas, entre otros factores.

La recomposición o recuperación de las confianzas, como se escucha a menudo en innumerables alocuciones, requiere, como señaló Javiera Luco, panelista en las mesas de la XII Convención Nacional de Cultura 2015, construir espacios de empatía, donde las políticas públicas no solo “bajen” a la ciudadanía en formatos participativos, diseñados en lógicas de medios de verificación.

La expresión insobornable y frontal de las subjetividades es lo que, hoy por hoy, desborda las múltiples pantallas y entornos digitales donde navegan a sus anchas los mismos ciudadanos que ven en la participación una herramienta de transformación social.

El 2016 culmina un ciclo de políticas culturales que habrá que evaluar a la luz de sus logros y, por supuesto, de los desafíos por abordar. La oportunidad, con toda la experiencia de participación acumulada, de diseñar una nueva partida de políticas mucho más permeables a las subjetividades, implica trabajar con el conflicto, con el malestar y el desajuste, sin esquivar sus manifestaciones o entenderlos como amenazas, pues en ellos esta la semilla de la transformación para el bienestar y una mayor equidad social para Chile.

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(1) Según información del Departamento de Estudios del CNCA, “de un total de 112 mesas de trabajo realizadas, desde el 2004 al 2013, el 8,96% corresponde al tema institucionalidad cultural; el 34,72% a patrimonio cultural; el 36,96% a promoción de las artes; y el 44% a participación cultural” (disponible en http://www.cultura.gob.cl/wp-content/uploads/2015/08/convencion-nacional-2015-documento-apoyo.pdf).

(2) De acuerdo a un sondeo de Acción, efectuado en julio del 2015 en todo el país y difundido el 14 de agosto por el diario La Tercera, el 73% de las personas encuestadas conciben la participación como una herramienta de cambio social.

(3) Declaración de Friburgo sobre Derechos Culturales (2007), que reúne y explicita estos derechos que se hallaban disgregados en diversos instrumentos internacionales. De acuerdo a su artículo 1 “Los derechos enunciados en la presente Declaración son esenciales para la dignidad humana; por ello forman parte integrante de los derechos humanos y deben interpretarse según los principios de universalidad, indivisibilidad e interdependencia.”

(4) Preparando el Próximo Informe de Desarrollo Humano en Chile sitio web PNUD http://desarrollohumano.cl/idh/preparando-el-proximo-informe-de-desarrollo-humano/

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Referencias

Acción RSE. (2015). Sondeo de opinión sobre participación en Chile.  Santiago: Fundación Acción Responsabilidad Social Empresarial.

Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. (2009). Manual de capacitación Derechos culturales en mi barrio. Santiago: Departamento de Ciudadanía y Cultura, CNCA.

___(2015). XII Convención Nacional de Cultura. Objetivos y reseña histórica. Documento de trabajo. Santiago: Departamento de Estudios CNCA. Descargado desde: http://www.cultura.gob.cl/wp-content/uploads/2015/08/convencion-nacional-2015-documento-apoyo.pdf

___(2015). Manual de Herramientas para la Participación Ciudadana en Redes Culturales. Santiago: Departamento de Ciudadanía Cultural, CNCA.

Programa de las Nacionas Unidas para el Desarrollo. (2012). Desarrollo Humano en Chile. Bienestar subjetivo: el desafío de repensar el desarrollo. Santiago: PNUD.

___(2015). Desarrollo Humano en Chile. Los Tiempos de la politización. Santiago: PNUD.