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La creación: El sentido social de la cultura y las artes

Sebastián Urrutia Delgado

* Coordinador del Departamento de Fomento, Consejo Nacional de la Cultura y las Artes

La conversación en torno al tema de la creación, desarrollada en la Convención Nacional de Cultura 2015 del Consejo de la Cultura, tuvo como objetivo problematizar los desafíos que este ámbito de la cadena de valor de la cultura y las artes plantea para el diseño e implementación de las políticas públicas. Para ello se invitó a tres creadores, quienes contribuyeron a la discusión desde diferentes perspectivas, considerando variables como la tecnología, la sociedad, el marco legal y, por supuesto, las particularidades sectoriales.

La poeta mapuche Maribel Mora abordó el derecho a oportunidades efectivas de creación artística, como una posibilidad de fomentar los talentos distribuidos en toda la sociedad. Por su parte la artista visual Voluspa Jarpa, profundizó en las especificidades que requiere un buen sistema de producción y circulación artística para modelar a sus principales exponentes en vinculación con su entorno social. Por último, el arquitecto Andrés Briceño presentó una visión más sistémica de los modelos de trabajo y consumo colaborativos, asociados a las oportunidades que emergen de las nuevas tecnologías digitales.

A continuación se profundiza en los temas desarrollados por cada uno.

El acceso a la creación artística para la inclusión social

Desde la perspectiva de la inclusión social, Maribel Mora señaló que las políticas públicas necesariamente debieran considerar tres ejes básicos: acceso, participación efectiva y redes de contribución de los diferentes agentes. Se trata de que las oportunidades existentes en estos ámbitos sean accesibles a la población general, con estrategias de acción afirmativa o de apoyo, que a la vez puedan generar redes de contribución al desarrollo cultural del país, desde las identidades personales y colectivas. El objetivo sería potenciar el desarrollo de los talentos distribuidos entre las personas de las distintas sociedades y culturas, de manera tal que efectivamente se fomente el crecimiento artístico, rompiendo el statu quo y permitiendo la innovación. Desde esta perspectiva, se reconoce que el acceso a los bienes y servicios artísticos y culturales responde al derecho humano fundamental de participar en la construcción simbólica de un país.

En ese sentido, la creación de espacios permanentes de promoción cultural, que empleen al arte como herramienta de expresión y comprensión de mundo y de transformación social, resulta central para el desarrollo integral de las sociedades, a la vez que constituye un acto ético de alto impacto identitario. Por otra parte, ese enfoque reconoce el aporte que la diversidad ofrece en los diferentes ámbitos socioculturales para el desarrollo de ideas, conocimiento e innovación.

A pesar de esto, todavía es necesario justificar por qué se destinan tantos recursos y esfuerzos al fomento del arte y la cultura en la sociedad. Desde el punto de vista económico ha habido una serie de planteamientos internacionales como el Índice de Desarrollo Humano, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que nos explican por qué y dónde se producen los impactos del arte en ese campo. Sin embargo, el planteamiento de la expositora se sustenta en el derecho de las personas al desarrollo artístico y cultural.

El acceso al arte no solo se relaciona con poder conocer obras, sino con participar de estas y de su proceso creativo. Lamentablemente, dice Maribel Mora, la sociedad tiene barreras —económicas, apreciativas y territoriales— para el acceso de los sectores vulnerables de la población, que es función de la política cultural disminuir, e idealmente, eliminar.

Los sistemas de producción y circulación artística

Por su parte, Voluspa Jarpa señaló que el arte no se trata de objetos ni de obras específicas, sino de un sistema en el que toda la sociedad participa de su construcción como fenómeno. El arte lo hace tanto el autor como la audiencia receptora, y la institución que lo cobija y/o exhibe. En definitiva, es el producto de la relación de todos esos actores.

Al desagregar este sistema, se observa que el elemento inicial son los artistas (que pueden tener una formación académica o autodidacta), quienes desarrollan a lo largo de su carrera un “cuerpo de obra” que está dotado de un discurso. Lo anterior implica un doble rol del artista: por un lado el de creador de una obra específica, y simultáneamente, el de alguien que materializa un discurso simbólico relacionado con la sociedad de donde proviene.
La expositora señala que en los diferentes campos artísticos las sociedades han construido sistemas de méritos, como instancias que van modelando la autoría y trayectoria de un artista. De esa forma, se van poniendo a prueba sus méritos, a la vez que se genera una mayor especialización en torno a redes de profesionales e instituciones, que son quienes otorgan las credenciales para una mayor visibilidad del artista y su obra.

Otro componente del sistema de producción y circulación es el patrimonio institucional y privado (museos, galerías y centros culturales), que tienen sus propias colecciones y son un eslabón fundamental para conectar la obra con el público. “En Chile tenemos un histórico déficit de coleccionismo privado, sobre todo si nos comparamos con otros países de la región como Argentina, Brasil o México”, dice Voluspa Jarpa. Esta brecha es urgente de superar porque genera un desequilibrio en el sistema, al fomentar la creación sin plataformas de colección, lo que deja incompleta esa inversión pública.

Para el funcionamiento adecuado del sistema es importante que existan mecanismos e incentivos de formación especializada para mediadores. Es fundamental que los curadores y directores puedan viajar y dialogar con sus pares de regiones y otros lugares del mundo.

Todo el sistema tiene como resultado otorgar acceso a bienes y obras artísticas de calidad. La garantía de que esto se cumpla la aseguran los agentes e instituciones especializadas en cada etapa del sistema de producción y circulación.

Libre acceso al conocimiento, la creatividad y la colaboración

El arquitecto Andrés Briceño, cuyo trabajo combina el desarrollo de proyectos de arquitectura, diseño y aplicaciones tecnológicas en ambientes colaborativos, señaló que a partir del movimiento coordinado de un cardumen o de una bandadas de aves, se ejemplifican comportamientos sociales o colectivos de comunicación colaborativa, que se desarrollan con total armonía en la naturaleza. Desde hace algunos años, tanto autores (Botsman y Rogers, 2010; Rifkin, 2011), como publicaciones (The Economist, 2012), se han referido a una tercera revolución industrial, que cambia la lógica de la línea de producción continua y de bienes timbrados, por procesos colaborativos orientados a necesidades personalizadas. La figura que ilustra mejor este cambio es la sustitución paulatina de las fábricas por oficinas que operan mediante trabajo en red. Por lo mismo, el principal vehículo de este cambio es internet, cuya tasa de crecimiento anual ha sido de un 60% en los últimos años (IDC/EMC, 2011).

Internet y las nuevas tecnologías digitales han facilitado radicalmente que las personas se puedan interconectar y coordinar sus actividades para acceder a bienes, servicios, financiamiento y conocimiento. En este contexto, surge la economía colaborativa como una nueva forma de pensar los negocios, los intercambios, las transferencias de valor y hasta el trabajo comunitario.

La forma como las personas ven la economía colaborativa es variada. Para algunos genera nuevas oportunidades derivadas del reemplazo de las transacciones de mercado por alternativas para compartir de forma masiva. Para otros, preocupa que se generen espacios de segregación en función del acceso a tecnologías y la alfabetización digital.

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Bibliografía

• Botsman, R. y R. Rogers (2010). What’s Mine Is Yours: The Rise of Collaborative Consumption. United States of America: HarperCollins.
• IDC (International Data Corporation) (2011). United States of America: Digital Universe.
• Markillie, P. (2012). “The Third Industrial Revolution” en The Economist, p. 15.
• Rifkin, J. (2011). The Third Industrial Revolution. United States of America: Palgrave Macmillan.