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Violeta Parra, después de vivir un siglo

Observatorio Cultural | Departamento de Estudios.

Violeta Parra (1917-1967) fue recopiladora de canciones y saberes, labor en la que se desempeñó prolija e incansablemente. Reinventó y resucitó un conjunto de tradiciones populares y, en su búsqueda se vinculó con la geografía humana y espiritual de su territorio. Fue en el encuentro con ese mundo, de angelitos y cantoras, de braseros y mistelas, de guitarrones y coplas pícaras, donde encontró la inspiración para sus canciones, décimas, óleos y arpilleras.

A cien años de su nacimiento, con esta publicación Observatorio Cultural rememora a Violeta Parra reflexionando críticamente sobre su obra. Las distintas perspectivas que se dan cita en Violeta Parra, después de vivir un siglo representan un crisol variado de enfoques y miradas que intentan explicar su figura y aproximarse a dimensiones de su trayectoria y de sus obras antes ignoradas.

En esa línea, destacamos el hallazgo de Paula Miranda y Elisa Loncon quienes comparten, en esta publicación, su más reciente investigación sobre la influencia de la cosmovisión mapuche en Violeta Parra, y el valor de su obra como un aporte al diálogo intercultural. Según Miranda, si bien algunos reconocían influencias de la música mapuche en algunas de sus canciones, faltaba una prueba que permitiera asegurar su vínculo con esa tradición. Hace tres años las académicas encontraron el eslabón que faltaba: cuatro cintas en las que Violeta Parra entrevista a siete cantores y recopila 39 cantos en mapuzugun interpretados por ellos. A partir de este descubrimiento comenzaron a reconstruir la historia, contextualizar su trabajo y valorar su impacto.

Las autoras proponen que la influencia mapuche se manifiesta en distintas dimensiones de su trabajo creativo. Para Miranda “Gracias a la vida” podría considerarse un nguillatun, porque es más que una canción, es un acto ritual de agradecimiento y sanación, que permite expresar, en distintas circunstancias, la gratitud y la posibilidad que la vida continúe, pese a todo. Por su parte, Elisa Loncon establece que su canto expresa un profundo sentido de pertenencia a la raíz; su música, en ese sentido, cumpliría la importante misión de conectarnos con la naturaleza.

Para Violeta las comunidades mapuche, los cantores campesinos y los portadores de sabiduría popular, nunca representaron una “otredad” o una diferencia, sino que formaron parte de su propia cultura. Idea presente en el ensayo de Bernardo Subercaseaux, quien plantea que la investigación era una especie de introspección para ella, un proceso de autoconocimiento que sólo tuvo sentido cuando se trabajó en colectivo. Lo mismo puede apreciarse en su obra visual, en la que la relación con lo representado es simétrica. En esa línea, Felipe Quijada sugiere que las fuentes populares nunca constituyeron ilustraciones de una alteridad para Violeta.

Marisol García establece que Violeta Parra representa a un colectivo más que a un ser individual, porque es en su proceso creativo en el que despliega la tarea múltiple de quien se entendió a sí misma como recopiladora, aprendiz, divulgadora y creadora. Según García, la decisión de ubicarse en una continuidad le permitió a Violeta desenterrar tradiciones y recrearlas, a partir de sus propias circunstancias, en diálogo con la historia y lo político.

Violeta Parra fue una adelantada que comprendió lo que nadie más fue capaz de ver en su momento, dando vida a reformulaciones estéticas que tampoco se habían hecho. En ese ancho camino, encontró el alma de su tierra y encarnó el sentimiento de un pueblo, que con su canto representó la denuncia social y la voz de excluidos y marginados de su época.

Para Sonia Montecino, Violeta es una representante del “feminismo popular”, que arranca de la experiencia y no es dictado por el sistema político-conceptual del feminismo chileno o latinoamericano, sino por la reflexión que nace de las vivencias femeninas al interior de una estructura de subordinaciones y mandatos de género androcéntricos. El resultado de esa reflexión es una clara conciencia de los principales nudos sociales que impedían que las mujeres pudieran ser autónomas, libres y creadoras.

El pensamiento político de Violeta Parra se fue radicalizando al constatar las duras injusticias que se vivían en el país. La vivencia del autoritarismo y la violencia de los poderosos hacia los desposeídos fue una experiencia que materializó en canciones con un profundo sentido de denuncia social.

Según Gastón Soublette —quién compartió con ella y colaboró con su trabajo—, Violeta cumpliría una misión semejante a la de una profetisa, es decir, intervenir en momentos críticos de la sociedad para recordar a los seres humanos las verdades fundamentales de la vida. En la misma línea, Maximiliano Salinas establece que, con los componentes de la sabiduría indígena y de la mística hispano-oriental, Violeta revela el esplendor del tiempo amoroso, gratificante y desmedido, y, por omisión, la desdicha del tiempo cruel, mal correspondido, particularmente explícito en la modernidad colonial euro-cristiana, silenciadora de cualquier génesis cultural divergente de la suya.

Tristemente, Violeta no fue comprendida en su tiempo; se infantilizó su figura por parte de la crítica de las artes visuales y, como expone Quijada, se la calificó de naif por sus pinturas y arpilleras, sin valorar su profundo conocimiento de las técnicas ancestrales. Lo mismo puede interpretarse de la indiferencia de un público esquivo que no fue capaz de entender su obra y menos acompañarla continuamente en su carpa, como ella soñaba. Siguiendo a Quijada, este sentimiento de desarraigo la transformó en una trashumante que vivió en un exilio permanente, no físico, sino temporal.

El carácter extemporáneo de Violeta Parra cobra sentido hoy al reflexionar sobre su legado en las generaciones más jóvenes, quienes admiran la consistencia, valentía y, por supuesto, su talento. Los múltiples puntos de fuga de su obra, su habilidad para superar las tensiones inherentes de una creación que intersecta tradición y vanguardia y su compromiso con los pueblos oprimidos, son características de una creadora que nos desafía constantemente a cuestionar al ser humano y su relación con el entorno.

A cien años de su nacimiento, Violeta Parra sigue viva. Vive en quienes hemos reconocido en ella un referente de creatividad, que con imperiosa voluntad fue capaz de remover la conciencia con un mensaje universal. Pues sus decires están tan bien dichos que no hay contradicción ante lo evidente, ante su verdad, una verdad que buscaba en los rincones de Chile, en la sabiduría popular y en su relación con las personas. Después de vivir un siglo, Violeta sigue abriendo un mundo de colores y posibilidades, invitándonos a revisitar su obra y a darle un nuevo sentido a su legado.

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